Autocrítica liberal: estamos haciendo agua – por Alberto Benegas Lynch (h)

Las deficiencias en la presentación del ideario liberal nos llaman a redoblar esfuerzos en su trasmisión a la próxima generación.

Es un hecho que generalmente somos más benévolos con los propios errores que con los de otros. En nuestro caso los liberales en lugar de preguntarnos por qué no se acepta en grado suficiente nuestro mensaje debiéramos recriminarnos sobre nuestras incompetencias para transmitir adecuadamente el mensaje. Esto calma los nervios y ayuda a hacer mejor nuestros deberes al efecto de preparar mejor la próxima clase y pulir el próximo libro, ensayo o artículo.

Karl Popper

Nuestra deficiencia queda patente cuando se observa que personas bondadosas y honestas intelectuales que quieren lo mismo que nosotros, es decir, el mayor bienestar moral y material para todos, no aceptan el discurso liberal. No es una conjetura descabellada concluir que hay un cortocircuito en la trasmisión del mensaje. Lo que queremos transmitir no llega bien a estos receptores.

Por otra parte, estimo que hay algunos que la juegan de una especie de policías del pensamiento dictaminando acerca de a quiénes hay que aceptar y a quiénes es perentorio rechazar en nuestras filas. Una especie de tribunales inquisitoriales de facto. No les entra en la cabeza que los liberales no somos una manada y que detestamos el pensamiento único. Cada uno tiene su estilo, lo que sí, como buenos liberales, debemos entender que la navegación en estas aguas nunca llega a un puerto definitivo, por lo que estamos siempre en ebullición en un contexto evolutivo. Estamos siempre descubriendo nuevos paradigmas, de allí las distintas perspectivas que deben ser bienvenidas, todas en esfuerzos mancomunados para el permanente autoperfeccionamiento en la noble faena de transmitir la fundamentalísima idea del respeto recíproco que constituye la columna vertebral del espíritu liberal.

En nuestro mundo el resultado neto de las libertades es por cierto bastante desalentador. En Europa predomina el nacionalismo y las xenofobias, en Asia surgen esperpentos totalitarios como Corea del Norte, en el mundo árabe se cae en la desgracia mayúscula de atar la religión al poder político tal como antes lo hizo la España cristiana, en Estados Unidos se va un presidente que ha incrementado el gasto público, el déficit y la deuda y entra otro que pretende engrosar aun más al Leviatán, en Iberoamérica aparecen y reaparecen caudillos autoritarios con los ejemplos extremos de la isla-cárcel cubana y la esclavitud venezolana y, para peor, irrumpe un Papa peronista.

Bien ha escrito el marxista Antonio Gramsci “tomen la cultura y la educación, el resto se da por añadidura”. Este es un flanco poco explorado por los liberales no para restarle importancia a las tareas meritorias que muchos han llevado a cabo en la batalla cultural sino para señalar que no siempre se focaliza el problema en la existencia de agencias estatales encargadas de regentear las estructuras curriculares de todas las entidades educativas. Esta política devastadora contradice el significado mismo de la educación que por su naturaleza estriba en un proceso abierto de prueba y error en el que la competencia y las auditorías cruzadas en un contexto evolutivo permiten alcanzar los mayores niveles de excelencia. La politización de los procesos educativos la condena a muerte. Patrocinar el respeto a las libertades en base a la compulsión constituye una contradicción en los términos.

Afortunadamente hay algunos personajes que vienen de las izquierdas más extremas que han recapacitado y como un paso intermedio se autodenominan “liberales de izquierda”, en verdad una contradicción en los términos del mismo modo que aludir al círculo cuadrado y equivalentes. No tiene sentido el sí, pero no. El respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros no permite vacilaciones, el monopolio de la fuerza que llamamos gobierno debe velar por ese respeto y castigar severamente la lesión de derechos en un ámbito de democracia cuya parte medular precisamente consiste en ese respeto, anterior y superior a gobernantes circunstanciales. Aquello es otro modo de aludir al socialismo de mercado sobre el que me he detenido extensamente en mi antigua tesis doctoral en economía titulada “Influencia del socialismo de mercado en el mundo contemporáneo: una revisión crítica de sus ejes centrales”.

De cualquier modo, para ponerlo en una píldora considero que aquella visión que pretende compatibilizar la libertad con la sumisión se basa en dos errores conceptuales de fondo vinculados entre sí. En primer lugar, en lo que se conoce como la “igualdad de oportunidades” lo cual es absolutamente incompatible con la igualdad ante la ley. De lo que se trata en una sociedad libre es que todos tengan mayores oportunidades pero no iguales ya que son desiguales las fuerzas físicas, los talentos naturales y en general las inclinaciones. Se trata de respetar derechos de propiedad para darle el mejor uso posible a los siempre escasos recursos donde el que da en la tecla con los gustos y preferencias de sus congéneres obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. De este modo se aprovechan al máximo los factores de producción para que los salarios e ingresos de todos, pero muy especialmente de los más vulnerables, resulten lo más altos posibles ya que las tasas de capitalización son las únicas causas que permiten elevar el nivel de vida.

El segundo error conceptual radica en la incomprensión del derecho en cuanto a la facultad de usar y disponer de lo propio y en ningún caso recurrir por la fuerza al fruto del trabajo ajeno que siempre significa un psedoderecho. La igualdad es ante la ley no mediante la ley.

Otro campo emparentado para la autocrítica liberal además del llamado liberalismo de izquierda o en una versión más sofisticada el socialismo de mercado es no haber podido trasmitir con la suficiente claridad los equívocos de quienes aún no identificándose con aquellas posturas consideran igual que ellos que se puede ser partidario de la libertad política y manifestar respeto por instituciones libres y, simultáneamente, restringir la libertad económica. No parece percatarse que la libertad política-institucional es el continente y la acción de usar y disponer de lo propio libremente es el contenido. El continente es para preservar el contenido. Alabar al continente y repudiar el contenido es un contrasentido mayúsculo y si se trata solo de imposibilitar las lesiones de derechos eso remite precisamente al liberalismo a secas sin aditamento alguno que abarca aspectos filosóficos, jurídicos, económicos, históricos y, sobre todo, éticos.

Por otra parte, es importante clarificar que cuando aludimos a que estamos haciendo agua por todos lados en el balance neto no estamos desconociendo que hoy luego de un largo eclipse aparecen liberales de gran solidez, especialmente entre la gente joven que aunque por ahora minoritarios infunden grandes esperanzas.

Sin embargo, considero que hay deficiencias en la presentación del ideario liberal por parte de los mayores que son bifrontes y que deben atenderse. Por un lado, no se le ha prestado suficiente atención en subrayar que el ser humano no es un aparato, que no está constituido solo por kilos de protoplasma. Tiene psique, mente o estados de conciencia que le permite revisar sus propias conclusiones, contar con ideas autogeneradas, la verificación de proposiciones verdaderas y falsas, la responsabilidad individual y la misma libertad que no sería posible si estuviéramos determinados por los nexos causales de la materia. Este es el cimiento del libre albedrío que refuta la libertad como mera ficción. En este contexto se suele aludir a la memoria de la computadora sin percatarse que se trata de impulsos eléctricos y que la memoria es un atributo humano. Antes nuestras abuelas y bisabuelas solían hacer un nudo en el pañuelo para recordar tal o cual cosa, pero nadie en su sano juicio podría referirse a la memoria del pañuelo. Lo mismo ocurre con el hecho mismo de computar, lo cual hace el hombre que programa el respectivo aparato, la denominada inteligencia artificial que se aparta del inter-legum y así sucesivamente.

El segundo punto es más general y abarca territorios más amplios. Se trata de reiterar con la mayor claridad posible que el corazón liberal es de naturaleza primordialmente moral. Antes he escrito sobre esto en base a reconocidos autores. Ahora vuelvo sobre el asunto de un modo más telegráfico para ilustrar el asunto.

La moral es prescriptiva, trata de la relación entre lo que es y lo que debe ser. Así, el eje central de la moral alude a conductas que permiten la cooperación social pacífica, es decir, como queda dicho, la que apunta al respeto recíproco en las relaciones interpersonales y, por otra parte, en el fuero interno, hace bien a la persona que practica la moral. Pero son dos planos distintos, uno se refiere a las relaciones sociales y otro al campo intraindividual. El primer campo puede resumirse en la definición que Jellinek hace del derecho que ilustra magníficamente el punto: “un mínimo de ética”, precisamente porque abarca una parte de la moral, aquella que se refiere a las relaciones con el prójimo sin inmiscuirse en las antes mencionada esfera del fuero interno de cada cual.

Dado que todos los seres humanos en definitiva buscan su felicidad, la acción humana, inexorablemente se traduce en un tránsito desde posiciones menos apreciadas a posiciones más valoradas y que debe estar rodeada de normas que permitan este tránsito, esto es, de reglas morales. La moral alude a lo normativo a diferencia de otros campos de estudio que se refieren a lo descriptivo.

Hemos subrayado en otras ocasiones y es pertinente destacarlo en el contexto de la moral que el positivismo sostiene que sólo puede considerarse como verdad lo que es empíricamente verificable, lo cual constituye un error que dejaría afuera del análisis riguroso a la moral. Morris Cohen en su tratado de lógica señala que, por lo pronto, aquella conclusión queda contradicha puesto que ella misma no es verificable y Karl Popper ha mostrado que en la ciencia nada es verificable, es solo sujeta a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones.

Todos actuamos en nuestro interés personal cualquiera sean los fines que persigamos, incluso si son ruines o nobles. En realidad esta afirmación constituye una tautología puesto que si la acción no estuviera en interés de quien actúa ¿en interés de quien será? En este sentido, estaba en interés de la Madre Teresa el bienestar de los leprosos que con tanto esmero cuidaba. La buena o la mala persona no se diferencian por actuar en su interés personal sino por la calidad de los medios que emplea y los fines que persigue.

Respecto al debate si los fines justifican los medios, surgen dos respuestas según el significado que se le atribuya a lo dicho. Una primera respuesta es por la afirmativa puesto que si los fines no los justifican no hay otra justificación ya que los medios responden al fin. El sentido de recurrir a ciertos medios es para lograr determinados propósitos, esto es, los fines justifican, explican el motivo de los medios.

Pero lo que en realidad se quiere inquirir es si son moralmente susceptibles de escindirse los medios y los fines del juicio moral, es decir, si pueden utilizarse medios inmorales para el logro de fines morales. Esto es imposible puesto que los medios se subsumen en el fin, no puede asesinarse para evitar el hacinamiento de un pueblo, pero sí puede moralmente matarse en defensa propia. Los medios preexisten en el fin. Los medios empleados establecen la naturaleza del fin. Medios inmorales no conducen a fines morales puesto que la secuencia o los pasos de la acción son inseparables, constituyen un todo. No tiene sentido tomar medios y fines por separado puesto que son parte de un mismo acto. Los medios tiñen a los fines y viceversa.

Como es sabido, los socialismos implican coerción, esto es, el uso de la fuerza para torcer los deseos y preferencias de la gente en direcciones necesariamente distintas de las que hubiera elegido en libertad. En el contexto socialista no puede haber justicia puesto que no hay el “dar a cada uno lo suyo” ya que lo suyo significa la propiedad que se ha abolido en el extremo y se la afecta en otras vertiente, lo cual conduce al tan difundido tema de la imposibilidad técnica-económica del socialismo que al eliminar o distorsionar los precios no permite la evaluación de proyectos y la contabilidad.

Otra asignatura pendiente de peso para nosotros los liberales es la urgente necesidad de propuestas para limitar el poder a los efectos de no correr el riesgo de que nuestro mundo se convierta en un inmenso Gulag en nombre de una democracia degradada que por el momento en gran medida se asemeja por doquier más a los oscuros contornos de avanzadas cleptocracias. Es indispensable trabajar las neuronas para imaginar potentes diques que limiten el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, siempre preservando con el mayor cuidado la libertad de expresión, los periodistas que integran el cuarto poder o el contrapoder por excelencia.

El hecho de que por el momento la situación hace agua en el balance neto es un desafío adicional para redoblar esfuerzos en la trasmisión a la próxima generación donde como queda dicho en alguna medida ha vuelto a florecer el liberalismo y así mejorar la marca en “la hazaña de la libertad”, al decir de Benedetto Croce.

Publicado originalmente como columna de opinión en INFOBAE, 5 de noviembre de 2020.

2 pensamientos en “Autocrítica liberal: estamos haciendo agua – por Alberto Benegas Lynch (h)

  1. P.S. Agrego que ese mismo error que Astarita es incapaz de corregir lo cometió también hace unos años en el debate con Juan Carlos Cachanosky, como comento en el segundo link.

    Me gusta

Los comentarios están cerrados.