El impacto económico global del coronavirus – por Luis Palma Cané

No es usual en este blog compartir notas periodísticas publicadas en otros medios. En este caso lo hacemos porque el tema tratado requiere profundizarse y conocerse. La nota fue publicada hoy en La Nación.

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A mediados de diciembre pasado algunos medios de la República Popular de China informaron acerca de la existencia, en su región central, de un virus desconocido denominado coronavirus, pariente del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave). Cabe recordar que este último, entre 2002 y 2003, se expandió globalmente durante 6 meses. En un inicio nada indicaba que, con el coronavirus, se fuera a producir un episodio similar.

Sin embargo, a medida que transcurrieron los días de enero, las autoridades chinas -que inicialmente no brindaron mayor información- no tuvieron más remedio que hacer pública la gravedad del problema. En efecto, inicialmente, no se conocían las características del virus ni de sus mecanismos de transmisión.

A la fecha, el foco se encuentra en la ciudad de Wuhan (11 millones de habitantes), provincia de Hubei; donde comenzaron a darse infecciones que a la fecha se están multiplicando geométricamente. De modo preventivo, la semana pasada, las autoridades declararon una cuarentena en toda la provincia, bloqueando la entrada y salida de sus 56 millones de habitantes. Asimismo, ante una infraestructura de salud pública en vías de colapsar, en simultáneo ordenaron la construcción acelerada de dos hospitales. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) modificó su diagnóstico de “riesgo global moderado” a “alto”, mientras que algunos países ya han comenzado la evacuación de sus ciudadanos y no pocas aerolíneas a cancelar vuelos.

Los números hablan por si solos. En China continental se registraron hasta hoy 563 muertes y hay 28.018 casos confirmados. Además, Hong Kong registró 21 casos, uno de ellos fatal, y Macao tiene 10 casos. La mayoría de las muertes han ocurrido en la provincia central china de Hubei, donde el coronavirus se detectó por primera vez en diciembre.

No todo terminó aquí; en efecto: el virus ha comenzado a extenderse a nivel mundial a punto tal que hasta el momento el brote se ha hecho presente en más de 25 países. No hay duda: el brote ha comenzado a expandirse globalmente.

A partir de aquí, el impacto económico ha sido casi inmediato. La aparición de este “cisne negro” ha provocado un fuerte aumento de la “incertidumbre” mundial por dos motivos muy claros: temor a una mayor y más rápida propagación del brote e inquietud por el efecto negativo que pudiera tener el mismo sobre el crecimiento de la economía global. Este aumento de la incertidumbre dio lugar, rápidamente, a un aumento de la “aversión al riesgo” que -tal como indican los manuales- dio lugar a un “flight to quality” por parte de los inversores; esto es: los mismos comienzan a defenderse de la relación biunívoca mayor incertidumbre/mayor riesgo saliendo, rápidamente, de sus posiciones más agresivas y refugiándose en los “paraísos de seguridad”.

El proceso hizo eclosión el día 27 de enero cuando -ante noticias cada vez más desfavorable de la evolución del brote- los mercados financieros considerados más “peligrosos”, especialmente los emergentes, se vieron sometidos a altas volatilidades; esto es: baja general de las bolsas, monedas y commodities . Como contraparte, se produjo el clásico “vuelo” hacia los activos de mayor seguridad: bonos del Tesoro de los EE UU, yen, dólar y oro; entre otros.

Ante este escenario, surgen dos preguntas: ¿cómo continuará la volatilidad de los mercados? y ¿cómo se verá afectada la economía real? Para responder estas cuestiones se hace necesario elaborar una hipótesis sobre la evolución temporal y la gravedad del brote.

A este respecto, el último antecedente que se tiene es la epidemia del SARS que -como ya se ha mencionado- tuvo una vigencia de 6 meses; provocando más de 800 muertes a nivel global. Al inicio de este brote el impacto en los mercado fue muy fuerte, produciéndose altas volatilidades en los activos financieros y commodities mientras que, respecto a los niveles de actividad, la lógica caída en la confianza de los consumidores e inversores provocó una desaceleración inicial en el crecimiento global; sobre todo en China y en sus socios comerciales del sudeste asiático (principalmente a través de reducciones en los gastos de turismo y en la compra de bienes durables).

Si bien ambos escenarios no son estrictamente comparables, lo cierto es que -en el caso que nos ocupa – la reacción de las autoridades chinas y mundiales ha sido mucho más rápida y eficiente que en el brote anterior: descubrimiento del genoma del virus, construcción de hospitales y mejor uso de la información disponible. Partiendo de esta hipótesis -y de acuerdo a expertos infectólogos de China y EE UU- este brote estaría mejor controlado que el SARS y, por lo tanto, sería de menor duración y gravedad; estimándose que el pico de la epidemia llegaría a más tardar en abril.

Si este fuera el caso, nuevamente tendríamos impactos sobre los mercados financieros y el crecimiento global, pero con menor profundidad y duración que en el episodio del SARS. Respecto a los primeros, la volatilidad se mantendría hasta el pico de la epidemia; con una tendencia a la calma a partir de allí. En lo que hace los niveles de actividad, el impacto -al igual que en la epidemia anterior- sería mayor en China, en sus socios comerciales y en los servicios de turismo; pero con leve efecto en el resto de la economía mundial. Más aún, pasado el pico, es dable de esperar un rápido giro hacia las tasas de crecimiento globales previas al inicio del brote.

En síntesis: la epidemia no será gratis ni para los mercados financieros ni para la economía real pero, seguramente, sus impactos serían menores que en la anterior crisis. Sin embargo, de extenderse más tiempo la epidemia y/o alcanzar mayor gravedad que la estimada, entonces sus consecuencias serían más negativas y duraderas.

Por: Luis Palma Cané

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