NECESITAMOS UNA ESTRATEGIA MÁS SUSTENTABLE

Estamos sufriendo pánico, al que se puede definir en una de sus acepciones como un “miedo muy intenso y manifiesto, especialmente el que sobrecoge repentinamente a un colectivo en situación de peligro.” Se lo observa en el vacío de las calles de todo el mundo, en el tráfico de información en las redes, en las bajas en los mercados bursátiles, en las proyecciones de las caídas que tendrá la producción en este 2020, y en particular en el segundo trimestre.

Los gobiernos han elaborado estrategias que atienden el corto plazo. Escuchan a los expertos en sanidad y reclaman un toque de queda. En algunos lugares se apunta a un cambio cultural pero voluntario; en otros se empiezan a practicar penas económicas y de prisión; en algunos países surge violencia ante la falta de solidaridad por no comprender los riesgos del contexto.

El aislamiento tiene consecuencias directas e inmediatas. Si bien reduce el número de contagios en el corto plazo (enfoque sanitario), también es cierto que reduce las libertades individuales (enfoque político y social) y complica los negocios de quienes buscan su sustento (enfoque económico).

La estrategia actual pondera el enfoque sanitario muy por encima del enfoque político, social y económico, y esto abre o debería abrir una serie de preguntas: ¿Es correcto hacer esto? ¿Es correcto moralmente? ¿Podemos desde el gobierno o cualquier colectivo imponerle a los individuos valores propios que atentan contra sus libertades y sus negocios? ¿Estamos al menos seguros que la estrategia será exitosa en reducir el número de contagios y muertes? Y no me refiero aquí a las mediciones comparadas de las primeras semanas, sino una vez que conozcamos el desenlace de la historia.

Desde el enfoque sanitario la respuesta es que sí, que si “aplanamos la curva” de infectados, el sistema nacional de sanidad podrá estar más cerca de atender al total de necesitados. Incluso en otras experiencias similares, ha quedado claro que la cuarentena ayudó a reducir el número de muertes. Esto justifica quizás el parate hasta el 31 de marzo. Incluso puede extenderse la medida hacia mediados de abril. Pero la pregunta que necesitamos hacernos es cómo seguirá el proceso. De poco habrá servido esta estrategia si el 1 de abril la abandonamos y volvemos a las calles. El éxito de esta estrategia radica en sostenerla al menos durante 40 días, y quizás, ya en el extremo del enfoque “sanitario”, hasta el 21 de septiembre, cuando ya la primavera eleve las temperaturas y quede atrás el clima frío que es un excelente complemento para un virus que se expande.

¿Cuál es el efecto político, social y económico de interrumpir las libertades individuales y parar la economía hasta la primavera? ¿Es viable, es posible? Claro que puede parar el fútbol, los teatros, los cines y los espectáculos artísticos de toda clase. Claro que muchos podemos trabajar desde casa en un cambio estructural que lleva décadas, pero que ahora se acelera. Por supuesto que el tele-trabajo y la educación en línea ganarán espacio en estos tiempos. Ese es un cambio cultural que ocurrirá de todos modos, y que incluso puede incrementar la productividad y ayudar a la economía. Pero una cosa es un cambio espontáneo, productos de decisiones individuales, y otra es un cambio impuesto y coactivo. ¿Hemos pensado en la posibilidad de que el sostenimiento en el tiempo de esta estrategia genera un daño mayor que el propio virus? Incluso el lema de los médicos dicta que “lo primero es no hacer daño”. ¿Han evaluado los costos y beneficios de mantener por meses la estrategia en curso?¿No podemos ver que el beneficio es dudoso, mientras que el daño es manifiesto?

Mi respeto por las libertades individuales y la economía de cada persona me impiden imponer el toque de queda a todas las personas. Quizás la situación amerite esta política extrema por un plazo corto de tiempo para que cada uno se tome el tiempo de reflexionar cuán posible es continuar trabajando o estudiando desde su casa, ahorrando a la sociedad un costo externo elevado. Pero el foco en lo sanitario parece olvidar por completo el foco económico. Parecen olvidar que la economía son personas, somos nosotros, somos todos, y detenerla puede generar costos más elevados aun que el coronavirus.

El gobierno no puede ir apagando incendios. Necesitamos un estadista que vea un poco más allá de lo que está ocurriendo, planificando la estrategia que sigue tras el 31 de marzo.  En Estados Unidos se ha proyectado para el segundo trimestre una caída del PIB del 50 % y un desempleo del 30 %. ¿Qué proyecciones podemos construir para Argentina? ¿Podemos ponderar este efecto “económico” como menos nocivo que el efecto “sanitario” del virus?
Mi opinión es que la cuarentena no puede extenderse de forma obligada tras 30 ó 40 días, y que a partir de ahí debemos apuntar a un cambio cultural, donde sea cada individuo el que elija qué hacer con su vida, evaluando los costos y beneficios de sus acciones. No sólo eso. Es importante también hacer un llamado a cada individuo para que haga un esfuerzo por preservar su libertad individual, su libertad de expresión, sus libertades políticas, porque es en estos momentos de caos y emergencia donde los gobiernos reducen la libertad de las personas, y avanzan con medidas que en otros escenarios serían inaceptables.

Quizás es tiempo que recordemos las palabras de un clásico como Frédéric Bastiat en un escrito de 1850 titulado “Lo que se ve y lo que no se ve”. Allí escribía:

“Yo, lo confieso, soy de los que piensan que la capacidad de elección y el impulso deben venir de abajo, no de arriba, y de los ciudadanos, no del legislador. La doctrina contraria me parece que conduce al aniquilamiento de la libertad y de la dignidad humanas.”

Un pensamiento en “NECESITAMOS UNA ESTRATEGIA MÁS SUSTENTABLE

  1. Al parecer, los costos sociales de aplanar la curva lo más rápido con pérdida de la libertad (toque de queda por ejemplo, o cuarentena inmovilidad) son menores que atacar el problema de manera gradual en el tiempo respetando las libertades de las personas, es el caso Italia, España y también de Chile, donde los contagiados son ya por miles. Son situaciones de excepción desgraciadamente. Al parecer, los países que tuvieron ahorros fiscales, pueden atender mejor el problema e incluso pensar para el futuro una política de re activación, al estilo keynesiano, es el caso de Perú y Chile, pero también dependerá de la calidad de gestión y equipamiento de ministerios de salud para bajar los costos.

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