¿Por qué Keynes no abrazó la carrera política?

Dice Joseph A. Schumpeter:

«Un inglés que se había hecho adulto en Eton y Cambridge, que estaba apasionadamente intere­sado en las cuestiones políticas de su país, que había llegado a la presidencia de la Cambridge Union en el año simbólico de 1905, año que mar­ca el final de una época y el comienzo de otra, ¿por qué razón no abrazó la carrera política? ¿Por qué prefirió entrar en el India Office?»

Y la respuesta la ofrece el mismo Schumpeter:

En una decisión de este tipo intervienen muchos fac­tores, favorables y desfavorables, el dinero entre otros, pero hay un aspecto de la misma que es esencial entender. Nadie que hablara con Keynes durante una hora podía dejar de percibir que se trataba del menos político de los hombres. El juego político, en cuanto tal, no le interesaba más que las carreras de caballos o que —para hablar de nuestro tema— la teoría pura per se. Dotado de excepcionales cualidades para la po­lémica y de una aguda percepción de los valores tácticos, parece, sin embargo, haber sido total­mente insensible ante el señuelo —más fuerte en Inglaterra que en ninguna otra parte— del círculo encantado de los despachos políticos. Poco o nada significaban para él los partidos. Siempre estaba dispuesto a olvidar cualquier lan­ce pasado y a colaborar con todo aquel que se prestara a apoyar alguna de sus recomendaciones. Pero, en cambio, nunca quiso colaborar en otros términos, y menos aún aceptar la jefatura de nadie. Sus lealtades fueron lealtades hacia las medidas tomadas, y no hacia los individuos o grupos. Mostró poca deferencia hacia las perso­nas, pero menos aún hacia los credos, ideologías o banderas.

Así, pues, ¿no reunía Keynes todas las condi­ciones ideales del funcionario público, hecho por naturaleza para llegar a ser uno de esos grandes subsecretarios de Estado permanentes cuya dis­creta influencia ha tenido tanta importancia en la configuración de la reciente historia de Ingla­terra? Lo cierto es que hubiera servido para cual­quier cosa menos para eso. No tenía gusto al­guno por la política, y menos aún por la labor paciente y rutinaria, por doblegar, mediante su­tiles artificios, la conducta del político, esa bes­tia salvaje indomable. Fueron, precisamente, es­tas dos inclinaciones negativas —la aversión a la arena política y la aversión al formalismo bu­rocrático— las que le empujaron a adoptar el papel para el que había nacido, ese papel que supo revestir inmediatamente con la forma que mejor le cuadraba y del que nunca había ya de separarse en toda su vida. Sea cual fuere la opi­nión que podamos tener de las leyes psicológicas que Keynes formularía más tarde, hemos de re­conocer que, desde una edad muy temprana, supo comprenderse perfectamente a sí mismo. Esta es, en realidad, una de las claves principales de su éxito, e igualmente el secreto de su felicidad; porque, a menos que yo esté completamente equi­vocado, su vida fue eminentemente feliz.

Después de dos años en el India Office (1906-8) volvió a su universidad, aceptando una beca como miembro del King’s College (1909), e inmediata­mente comenzó a adquirir gran reputación tanto entre sus colegas de Cambridge como en círcu­los más amplios. Sus enseñanzas, centradas en torno al Libro V de los Principies de Marshall, se ajustaron estrictamente a la doctrina de éste, esa doctrina que dominaba como pocos y con la cual había de permanecer identificado durante
los veinte años siguientes. Conservo en mi me­moria la imagen que de él dio, por entonces, un visitante ocasional a Cambridge: la imagen de un profesor de constitución enjuta, aspecto as­cético y mirada ardiente, un hombre reconcentrado y profundamente serio, un hombre con­movido por lo que a los ojos de aquel visitante aparecía como una impaciencia reprimida, un po­lemista formidable a quien nadie podía ignorar, respetado por todos y estimado por muchos.
Su reputación creciente está atestiguada por el hecho de que ya en 1911 fuera designado para di­rigir el Economic Journal, sucediendo así a Edgeworth, su primer director. Hasta la primavera de 1945 ocupó ininterrumpidamente esta posición clave en el mundo de la economía, sin que su celo desmayara en ningún momento. Teniendo en cuenta lo prolongado del ejercicio de este
cargo y todas las restantes ocupaciones e intereses que simultáneamente tuvo, los resultados de su gestión son verdaderamente asombrosos, casi increíbles. No se trata tan sólo de que con­figurara la orientación general del Journal y de la Royal Economic Society, de la que fue secre­tario. Su influencia fue mucho más profunda. Muchos de los artículos se deben a sugerencias suyas, y todos ellos, desde las ideas y hechos que presentaban hasta la puntuación, fueron objeto
de su atención crítica más minuciosa. Todos conocemos los resultados, y cada uno de nos­otros tiene —sin duda— su propia opinión acer­ca de los mismos. Pero creo hablar en nombre de todos al afirmar que la labor de Keynes al
frente del Journal, considerada en su conjunto, no ha tenido igual desde que Dupont de Ne­mours dirigió las Éphémérides.

Sus trabajos en el India Office no fueron más que un aprendizaje que habría dejado muy pocas huellas en una mentalidad menos fértil que la suya. Que, en su caso, tal aprendizaje llegara a producir frutos constituye un hecho altamente revelador, no sólo del vigor, sino también del tipo de talento de Keynes: su primer libro —su primer éxito también— se tituló Indian Currency and Finance, y apareció en 1913, a raíz de su nombramiento como miembro de la Comisión real para las finanzas y la circulación monetaria en la India (1913-14). Creo correcto decir que este libro es la mejor obra inglesa sobre el pa­trón de cambios oro (gold exchange standard). Mucha más importancia, sin embargo, se atri­buye a otra cuestión que sólo de manera muy lejana está unida a los méritos intrínsecos de esta obra y que puede formularse en los térmi­nos siguientes: ¿es posible descubrir en ella al­gunos elementos que apunten ya hacia la General Theory? En el prefacio que Keynes escribió para esta última, no pasó de afirmar, a este respecto, que sus doctrinas de 1936 le parecían «la evolu­ción natural de una línea de pensamiento que había venido siguiendo durante varios años». Más adelante haré algunos comentarios sobre esta cuestión. Por ahora me atreveré a decir que, aunque el libro de 1913 no contiene ninguna de esas tesis características que han valido para que la General Theory sea calificada de «revolucio­naria», la actitud general que tenía el Keynes de entonces respecto a los fenómenos monetarios y a la política monetaria prefigura claramente la que había de tener el Keynes del Treatise (1930).

Por supuesto, la manipulación monetaria no era entonces ninguna novedad —por esta razón, precisamente, no debería haber sido presentada como tal en las décadas de 1920 a 1930—, y la atención por los problemas de la India parecía especialmente destinada a poner de manifiesto su naturaleza, su necesidad y sus posibilidades. Sin embargo, la clara percepción que Keynes tuvo de su influencia no sólo sobre los precios, las exportaciones y las importaciones, sino tam­bién sobre la producción y el empleo, contenía algo realmente nuevo, algo que, si bien no deter­minó de manera exclusiva la trayectoria futura de su obra, la condicionó en buena medida. De­bemos recordar también la estrecha relación que existió entre los desarrollos teóricos que Keynes llevó a cabo en el periodo de posguerra y las situaciones concretas sobre las que hubo de ase­sorar, situaciones que ni él ni nadie habían pre­visto en 1913. Añadamos a la teoría contenida en Indian Currency and Finance las implicacio­nes teóricas de la experiencia inglesa de los años veinte, y obtendremos lo sustancial de las ideas keynesianas de 1930. Esta afirmación es, sin em­bargo, muy moderada. Podríamos incluso ir más allá —un poco, al menos—; pero tengo miedo a caer en un error que es muy frecuente entre los biógrafos.

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Extracto del ensayo de Joseph A. Schumpeter titulado «John Maynard Keynes (1883-1946), en 10 Grandes Economistas de Marx a Keynes, Alianza Editorial, Madrid.

3 comentarios en “¿Por qué Keynes no abrazó la carrera política?

  1. La verdad, fue una desgracia que en vez de convertirse en polìtico profesional haya decidio escribir sobre economía porque, como él mismo dice, las ideas de los economistas y los filósofos sociales son más influyentes de lo que generalmente se cree y los hombres prácticos, que se creen libres de toda influencia teórica, son prácticamente esclavos de un economista muerto, él mismo.

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  2. Keynes fue un genio, quizás polémico por el impulso que le dió al intervencionismo estatal, sin embargo pocas personas, al parecer, han logrado reunir tantas cualidades en toda una vida. No se privó de nada, incluso de ser funcionario público con éxito y de haber influido en los siguientes años con mucha fuerza. Por algo Nixon dijo «ahora somos todos keynesianos»…

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  3. Comparto la opinión de Edgar. Como académico, Keynes tuvo un impacto mucho mayor del que habría generado como político.
    Respecto al comentario de Pablo, no se si «genio» es la palabra adecuada. Todavía me cuesta entender cómo una persona con tan poca originalidad y con tantas inconsistencias lógicas, logró generar una revolución científica.
    El propio Schumpeter señala que su propuesta «vino como anillo al dedo a los políticos» que de hecho, ya venían practicando estas políticas varios años antes de la Teoría General. En este sentido es un mito señalar que Keynes revolucionó la política económica. Basta ver lo que Hoover y Roosevelt hicieron durante sus gobiernos. Pero sí es cierto que la Teoría General cambió el foco, dejó a un lado la ortodoxia clásica, y respaldó científicamente las políticas económicas inflacionarias y deficitarias.

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